Yo no llegué a la traducción por un sendero directo; el camino fue más bien laberíntico y lento. En mi familia, para ser alguien en la vida había que entrarle a las ciencias: medicina, física, ingeniería… Se toleraba esa “ciencia menor” conocida como biología. ¿Pero, las humanidades? ¿Las letras? Recuerdo a mi mamá diciéndome: “Ella estudió Letras, pero es una carrera MMC”. Nunca había escuchado eso. Pregunté qué quería decir y me dijo “Quiere decir: mientras me caso”. En otra ocasión, le pregunté a mi abuelo si la traducción era una buena opción de carrera. “No, hijita, eso no es una carrera, es lo que hacen las secretarias”. No me sorprende que mi primera elección de carrera fuera Biología, para luego cambiarme a estudiar Física. Pero el llamado de las letras seguía latente en mí. Mis últimos semestres en la honorable Facultad de Ciencias de la UNAM los pasé metiendo materias optativas como Historia de las matemáticas, Filosofía de la ciencia, Filosofía de la física… Eventualmente, por circunstancias de la vida (y quiero pensar que algo de introspección), terminé estudiando Traducción Literaria y, al fin, aunque tarde, encontré mi camino.
La literatura es el arte de la expresión escrita y el traductor literario es el responsable de entender a fondo la obra original y su contexto para luego valerse de las herramientas de la lengua meta, salir a cazar palabras, compararlas, medirlas, pesarlas, probarlas, desecharlas y jugar con ellas hasta alcanzar una traducción fiel tanto en la forma como en el fondo. La traducción literaria representa un modo de transmisión cultural único: es simultáneamente una actividad artística, intelectual e interpretativa. A través de la traducción, miles de historias y relatos de diferentes culturas han atravesado continentes y océanos; las ideas mudan de idioma y distintas visiones del universo se reconfiguran para nuevos lectores. Traducir literatura es mucho más que una simple operación lingüística: es una negociación filosófica y ética entre fidelidad y transformación. No obstante, a pesar de todo, el traductor siempre traicionará el texto original en algún nivel. Como dice el antiguo dicho: “Traduttore, traditore”.
Brevísima historia de la traducción literaria
La traducción literaria es casi tan antigua como la literatura. Muchas civilizaciones con producción de textos literarios también se valieron de la traducción para difundir sus conocimientos y su cultura. En lo que hoy denominamos Occidente, la traducción atravesó un momento importante al pasar los textos griegos al latín, donde destacaron los trabajos de Cicerón y Horacio. Más adelante, San Jerónimo, santo patrono de los traductores, tradujo la Biblia al latín (la Vulgata), lo cual representó otro hito en la historia de la literatura occidental, en particular porque se introdujo la noción de la distinción entre traducir textos “palabra por palabra” y traducirlos “sentido por sentido”. En el periodo medieval, las obras clásicas se preservaron y transmitieron a través de las traducciones árabes que luego regresaron a Europa en latín.
En el Renacimiento, los estudiosos humanistas de esta disciplina enfatizaron los aspectos artísticos y filosóficos y, en la Ilustración, se priorizaron la claridad y el racionalismo (con la consecuencia de que muchas veces los textos fueron “domesticados” con fines didácticos). Para los siglos XIX y XX, la traducción comenzó a reflejar la estética romántica y modernista, y se le otorgó reconocimiento a la libertad creativa del traductor. El paisaje contemporáneo incluye también una profunda influencia de los enfoques postcoloniales, feministas y deconstructivistas que cuestionan las normas tradicionales y ponen en un primer plano la política de dar voz y visibilidad a mujeres, minorías y otros sectores poco reconocidos por la academia. Algunos teóricos postcoloniales sostienen que la traducción históricamente fue herramienta del imperialismo, apropiándose y alterando los textos colonizados para adecuarlos a la cultura dominante (Spivak, 2010). Hoy en día, se busca una traducción ética que respe- te la especificidad cultural y se resista a la asimilación. Así, esta tarea se convierte también en un punto de resistencia, restitución y negociación entre las culturas.
Desafíos filosóficos, prácticos y éticos de la traducción literaria
Al traducir un texto de un lenguaje a otro, se puede optar por la estrategia de traducir las palabras literalmente por su equivalente en la lengua meta, intentando replicar la estructura del texto fuente de manera precisa. Por otro lado, si traducimos “sentido por sentido”, no se traducen las palabras literalmente sino que se intenta preservar el significado y el tono de una manera que suene natural para el lector de otra cultura. La tensión entre estos dos polos se puede considerar como el dilema central del traductor literario: ¿priorizar la fidelidad lingüística o dar relevancia al sentido cultural y emocional del texto?
Un ejemplo un tanto burdo pero ilustrativo sería la traducción de un refrán. En inglés, para indicar que el hijo tiene similitudes con el padre diríamos: “Like father, like son”. Una traducción palabra por palabra podría ser “Como el padre, el hijo”, que se entiende pero suena extraña y torpe en español. Una traducción sentido por sentido sería algo como “De tal palo, tal astilla”, que quiere decir lo mismo aunque las palabras sean completamente diferentes. Si consideramos que la literatura, entendida como el arte de la expresión escrita, abarca diversos géneros como la novela, el cuento o la poesía, veremos que las estrategias de traducción serán distintas también dependiendo del género literario. La poesía, en particular, se resiste a la traducción simple. Aquí son de gran relevancia el sonido, el ritmo, la metáfora, la hipérbole y otras figuras li- terarias que producen un tejido denso de significados e imágenes generalmente integrados dentro de la cultura del texto de origen. Conservar métrica, rima, forma y figuras sin perder el significado es a veces extremadamente difícil. El traductor debe decidir si quiere priorizar el sonido, la estructura, el contenido semántico o el tono emocional y, con frecuencia, al tomar una decisión, sacrifica otro aspecto. La pérdida es inevitable en la transformación: el reto está en decidir cuáles alteraciones son aceptables y cuáles son deseables.
En otro tipo de textos, la traducción también puede alterar la voz, tono o intención del autor, generando problemas éticos. ¿Debe una traductora feminista adaptar un poema centrado en temas patrirarcales? ¿Deben suavizarse o resaltarse las metáforas que reflejan algún trauma específico de una cultura para tener un mejor recibimiento en otras culturas? Las respuestas no son sencillas pero resaltan la importancia del traductor y la necesidad de ser responsables al traducir, en especial al estar dando voz a comunidades marginadas.
La traducción literaria en la era de la inteligencia artificial (IA)
El rápido avance de las tecnologías de IA ha agregado un nuevo nivel de discusión al debate sobre la traducción. Herramientas como GPT y DeepL cada vez logran una mejor traducción que incluso alcanza a reconocer elementos estilísticos. Además, estas herramientas pueden procesar textos grandes rápidamente y proporcionar traducciones entendibles o ayudar con terminología o estructura. Sin embargo, si hablamos de las tonalidades y matices de los textos literarios —ironía, ambigüedad, ritmo, intertextualidad— las herramientas de inteligencia artificial todavía carecen de la capacidad del traductor humano para interpretar, intuir, contextualizar y empatizar.
Por otra parte, los sistemas de la IA están entrenados solamente a partir de la información existente, usando como base el trabajo previo de los traductores humanos, lo cual suele reproducir los patrones dominantes de la lengua y prejuicios culturales que fortalecen sesgos, invisibilizan las voces marginadas y contribuyen a la comercialización injusta de la obra literaria. Aunque la IA puede ser una buena herramienta, la traducción literaria sigue siendo una actividad profundamente humana: un arte de interpretación que requiere de sensibilidad, conocimientos culturales y conciencia ética. El traductor literario navega por los recovecos de la poesía, se enfrenta a la política del lenguaje y se forma como creador que une voces, forma mitologías y revive textos para que recorran el mundo.
Opciones académicas en CDMX:
• Licenciatura en traducción, ENALLT, UNAM
• Maestría en traducción, CELL, COLMEX
• Licenciatura en traducción, Universidad Intercontinental
• Instituto Superior de Intérpretes y Traductores
Carolina Alvarado — Fulcrum 2025