La pregunta por la capacidad transformadora de la filosofía no es nueva, pero sí urgente. En un mundo marcado por la inmediatez, la superficialidad y una creciente sensación de vacío, la filosofía se establece no como un lujo, sino como una necesidad. En este ensayo defenderé que la filosofía es efectivamente un pensamiento que transforma la vida, pero no a través de la acumulación de conocimientos abstractos, sino mediante una práctica constante de autoconocimiento, cuidado de sí y una reorientación consciente de la atención y los valores. Para sustentar esta tesis, recurriré a las ideas de David Foster Wallace sobre la elección consciente de nuestro modo de percibir el mundo, a Marina Garcés y su concepción de una filosofía inacabada y necesaria para la vida concreta, a Remo Bodei, quien ve en la filosofía un antídoto contra la inconsciencia, y a Victoria Camps, para quien el autocuidado es la base ética desde la cual es posible cuidar de los demás.